martes, 21 de mayo de 2013

LENGUA - La poesía desde 1936


Texto 1. Insomnio, de Dámaso Alonso
Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
(según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho
en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros,
o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando
como un perro enfurecido, fluyendo como la leche
de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole
por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres
en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente
en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?

Texto 2: La poesía es un arma cargada de futuro, de Gabriel Celaya
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
          Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
          Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
          Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
          Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

Texto 3: Inventario de lugares propicios para el amor, de Ángel González
Son pocos. 
La primavera está muy prestigiada, pero 
es mejor el verano. 
Y también esas grietas que el otoño 
forma al interceder con los domingos 
en algunas ciudades 
ya de por sí amarillas como plátanos. 
El invierno elimina muchos sitios: 
quicios de puertas orientadas al norte, 
orillas de los ríos, 
bancos públicos. 
Los contrafuertes exteriores 
de las viejas iglesias 
dejan a veces huecos 
utilizables aunque caiga nieve. 
Pero desengañémonos: las bajas 
temperaturas y los vientos húmedos 
lo dificultan todo. 
Las ordenanzas, además, proscriben 
la caricia (con exenciones 
para determinadas zonas epidérmicas 
-sin interés alguno- 
en niños, perros y otros animales) 
y el «no tocar, peligro de ignominia» 
puede leerse en miles de miradas. 
¿A dónde huir, entonces? 
Por todas partes ojos bizcos, 
córneas torturadas, 
implacables pupilas, 
retinas reticentes, 
vigilan, desconfían, amenazan. 
Queda quizá el recurso de andar solo, 
de vaciar el alma de ternura 
y llenarla de hastío e indiferencia, 
en este tiempo hostil, propicio al odio.

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