1.
Alargó entonces las manos el de la barba florida,
Y a las niñas sus dos hijas en los brazos las cogía;
Al corazón acercó las porque mucho las quería.
Con lágrimas en los ojos muy fuertemente suspira;
-Oídme, doña Jimena, tan entera mujer mía;
Como yo quiero a mi alma, otro tanto a vos quería.
Yo he de irme, y de este modo vos quedáis en compañía.
Rogad a nuestro Señor, rogad a Santa María,
Que con mis manos alcance con que casar a mis hijas.
2.
En Valencia con los suyos vivía el Campeador;
con él estaban sus yernos, Infantes de Carrión.
Un día que el Cid dormía en su escaño, sin temor,
un mal sobresalto entonces, sabed, les aconteció:
Escapóse de una jaula, saliendo fuera, un león.
Los que estaban en la Corte sintieron un gran
temor;
recogiéronse sus mantos __ los del buen Campeador,
y rodean el escaño en guarda de su señor.
Allí Fernando González, Infante de Carrión,
ni en las salas ni en la torre donde esconderse encontró;
metióse bajo el escaño, tan grande fije su
pavor.
Diego González, el otro, por la puerta se salió
Tras la viga de un lagar metióse con gran temor;
todo el manto y el brial sucios de allí los
sacó.
En esto que se despierta el que en buen hora nació;
de sus mejores guerreros cercado el escaño vio:
-Es que, mi señor honrado, un susto nos dio el león.
Apoyándose en el codo, en pie el Cid se levantó:
El manto se pone al cuello y encaminóse al león.
La fiera, cuando vio al Cid al punto se avergonzó;
allí bajó la cabeza, y ante él su faz humilló.
Nuestro Cid Rodrigo Díaz por el cuello lo tomó,
y lo lleva de su diestra y en la jaula lo metió.
A maravilla lo tiene todo el que lo contempló.
Volviéronse hacia la sala donde tienen la reunión.
Por sus dos yernos Rodrigo preguntó, y no los halló;
aunque a gritos los llamaban, ni uno ni otro
respondió,
y cuando los encontraron, los hallaron sin
color.
No vieseis allí qué burlas hubo en aquella ocasión;
mandó que tal no se hiciese___nuestro Cid Campeador.
Sintiéronse avergonzados Infantes de Carrión;
fiera deshonra les pesa de lo que les ocurrió.
3.
Por
el robledal de Corpes entran los de
Carrión
Nubes
y ramas se juntan. ¡Cuán altos los
montes son!
Rondaban
bestias muy fieras por el monte,
alrededor.
Cerca
de una limpia fuente un vergel allí
creció;
mandaron
alzar la tienda los Infantes de
Carrión.
En
brazos de sus mujeres les demostraron
su amor.
¡Qué
mal luego lo cumplieron a la salida
del sol! [...]
Todos
los demás se han ido, los cuatro solos
¡Por Dios!
¡Cuánto
mal que imaginaron los Infantes de
Carrión!
-Tenedlo
así por muy cierto, doña elvira y doña
Sol.
Aquí
os escarneceremos en este fiero
rincón,
y
nosotros nos iremos; quedaréis aquí
las dos.
Ninguna
parte tendréis de las tierras de
Carrión.
Estas
noticias irán a ese Cid Campeador.
Ahora
nos vengaremos por la afrenta del
león.
Allí
las pieles y mantos quitáronles a las
dos
sólo
camisas de seda sobre el cuerpo les
quedó.
Espuelas
tienen calzadas los traidores de
Carrión;
en
sus manos cogen cinchas, muy fuertes y
duras son.
Cuando
esto vieron las dueñas, les habla doña
Sol:
-¡Ay
don Diego y don Fernando! Esto os
rogamos, por Dios:
ya
que tenéis dos espadas, que tan
cortadoras son,
(a
la una dicen Colada y a la otra llaman
Tizón)
Nuestras
cabezas cortad; dadnos martirio a las
dos. [...]
Lo
que pedían las dueñas; de nada allí
les sirvió.
Comienzan
a golpearlas los Infantes de Carrión;
con
las cinchas corredizas las azotan con
rigor;
con
las espuelas agudas les causan un gran
dolor;
les
rasgaron las camisas y las carnes a
las dos;
allí
las telas de seda limpia sangre las
manchó;
bien
que lo sentían ellas en su mismo
corazón.
¡Qué
ventura sería ésta, si así lo quisiera
Dios
que
apareciese allí entonces nuestro Cid
Campeador!
¡Tanto
allí las azotaron! Sin fuerzas quedan
las dos.
Sangre
mancha las camisas y los mantos de
primor.
Cansados
están de herirlas los Infantes de
Carrión.
Prueban
una y otra vez quién las azota mejor.
Ya
no podían ni hablar dolña Elvira y
doña Sol.
En
el robledo de Corpes por muertas
quedan las dos.
4.
Conde
Niño, por amores
es niño y pasó a la mar;
va a dar agua a su caballo
la mañana de San Juan.
Mientras el caballo bebe
él canta dulce cantar;
todas las aves del cielo
se paraban a escuchar;
caminante que camina
olvida su caminar,
navegante que navega
la nave vuelve hacia allá.
La reina estaba labrando,
la hija durmiendo está:
-Levantaos, Albaniña,
de vuestro dulce folgar,
sentiréis cantar hermoso
la sirenita del mar.
-No es la sirenita, madre,
la de tan bello cantar,
si no es el Conde Niño
que por mí quiere finar.
¡Quién le pudiese valer
en su tan triste penar!
-Si por tus amores pena,
¡oh, malhaya su cantar!,
y porque nunca los goce
yo le mandaré matar.
-Si le manda matar, madre
juntos nos han de enterrar.
Él murió a la media noche,
ella a los gallos cantar;
a ella como hija de reyes
la entierran en el altar,
a él como hijo de conde
unos pasos más atrás.
De ella nació un rosal blanco,
de él nació un espino albar;
crece el uno, crece el otro,
los dos se van a juntar;
las ramitas que se alcanzan
fuertes abrazos se dan,
y las que no se alcanzaban
no dejan de suspirar.
La reina, llena de envidia,
ambos los mandó cortar;
el galán que los cortaba
no cesaba de llorar;
della naciera una garza,
dél un fuerte gavilán
juntos vuelan por el cielo,
juntos vuelan a la par.
es niño y pasó a la mar;
va a dar agua a su caballo
la mañana de San Juan.
Mientras el caballo bebe
él canta dulce cantar;
todas las aves del cielo
se paraban a escuchar;
caminante que camina
olvida su caminar,
navegante que navega
la nave vuelve hacia allá.
La reina estaba labrando,
la hija durmiendo está:
-Levantaos, Albaniña,
de vuestro dulce folgar,
sentiréis cantar hermoso
la sirenita del mar.
-No es la sirenita, madre,
la de tan bello cantar,
si no es el Conde Niño
que por mí quiere finar.
¡Quién le pudiese valer
en su tan triste penar!
-Si por tus amores pena,
¡oh, malhaya su cantar!,
y porque nunca los goce
yo le mandaré matar.
-Si le manda matar, madre
juntos nos han de enterrar.
Él murió a la media noche,
ella a los gallos cantar;
a ella como hija de reyes
la entierran en el altar,
a él como hijo de conde
unos pasos más atrás.
De ella nació un rosal blanco,
de él nació un espino albar;
crece el uno, crece el otro,
los dos se van a juntar;
las ramitas que se alcanzan
fuertes abrazos se dan,
y las que no se alcanzaban
no dejan de suspirar.
La reina, llena de envidia,
ambos los mandó cortar;
el galán que los cortaba
no cesaba de llorar;
della naciera una garza,
dél un fuerte gavilán
juntos vuelan por el cielo,
juntos vuelan a la par.
No hay comentarios:
Publicar un comentario